Trump

Olga Rodríguez presenta Trump 2.0

No es fácil informar con rigor, profundidad y compromiso con los derechos humanos cuando ello implica difundir crímenes y abusos perpetrados por potencias occidentales. Roberto Montoya lo hace. Sabe que hay que ir a la raíz de los hechos, indagar en las claves, contestar los porqués, contrastar, dudar, analizar, atar cabos. Así ha ejercido su profesión durante toda su vida, así escribe sus libros y así intenta vivir también.

Su trabajo no puede entenderse sin su propia historia, marcada por la impunidad y la represión en la Argentina de los años sesenta y setenta. Él mismo sufrió cárcel y torturas que le dejaron secuelas, y emprendió su exilio a París en 1976. Me lo contó hace años en un trayecto en tren en el que coincidimos. Mientras escuchaba su relato, minucioso, profundo, sin alharacas, supe que no me olvidaría nunca de ese momento, de ese contenido, de ese tono.

A lo largo de su carrera Montoya ha tenido una brújula con la que ha logrado ejercer un periodismo honesto y con la que nos ha ofrecido, a través de varios ensayos, investigaciones esenciales sobre el papel de EEUU en el mundo, las dinámicas de la impunidad global y la guerra como instrumento de dominación imperial. Ahora vuelve a regalarnos una lectura imprescindible a través de este nuevo libro, en el que desgrana las claves de lo que representa el presidente estadounidense Donald Trump, así como las causas y el contexto que han conducido a su nuevo mandato.

Nada de lo que ocurre en el planeta puede entenderse sin tener en cuenta el rol de Washington. Con 800 bases militares repartidas en más de 80 países y decenas de lobbies y think tanks vinculados a grandes empresas armamentísticas, EEUU se inmiscuye desde hace décadas en territorios ajenos para mantener y ampliar su hegemonía. De ese modo ha defendido e impulsado operaciones militares, invasiones ilegales y conflictos por delegación en múltiples puntos del mundo, participando directamente con sus tropas, armando y financiando a grupos locales, interviniendo soterradamente a través de servicios secretos, guerras no convencionales y otras injerencias. El inicio de la tercera década de este siglo xxi ha estado marcado por la pandemia global y por la llegada de nuevas cotas de belicismo. En esto último ha desempeñado un papel fundamental EEUU, facilitador activo del genocidio israelí contra la población palestina en Gaza.

El Ejército y el poder militar son las grandes señas de identidad de esa nación, a las que se destinan millones de dólares y con las que Washington hace política en el mundo. La OTAN es otra de las herramientas con la que ha conquistado objetivos y defendido sus intereses. El gasto en operaciones de guerra y Fuerzas Armadas es el más alto del planeta, en una nación muy marcada por la desigualdad social, con escasez de servicios públicos de calidad y sin sanidad gratuita universal.

Es en este contexto en el que se desarrolla el trumpismo. El presidente republicano, magnate multimillonario, ha hecho electoralismo dirigiéndose a la elite neoliberal y, a la vez, a grupos sociales –sobre todo hombres blancos– afectados por la pobreza, la precariedad o la pérdida de empleos provocada por el cierre de fábricas, dentro del proceso de deslocalización industrial.

La democracia bajo el capitalismo ha estado profundamente limitada por los intereses corporativos y de los plutócratas. A partir de la crisis de 2008 los profundos defectos de este modelo alimentan la frustración y la ira de importantes sectores de las sociedades. El trumpismo en EEUU ha desarrollado una estrategia en medios y redes sociales, aprovechándose de esa furia.

Dice el filósofo estadounidense Michael Sandel que uno de los grandes errores del establishment del Partido Demócrata en los últimos años fue actuar como si la igualdad de oportunida- des fuera algo real y tangible. La máxima «si quieres, con esfuerzo puedes» –reivindicada por líderes del partido como Hillary Clinton– es inválida para las clases más desfavorecidas del país, tanto para la llamada white trash –blancos de clase trabajadora, en paro o en precariedad– como para las minorías que sufren discriminación en la educación, en las oportunidades laborales, en el acceso a una atención médica de calidad, en el trato social. Esto provocó ya una gran desafección entre sectores vulnerables de la sociedad en 2016, que no detectaron en ningún candidato voluntad para mejorar sus vidas y que vieron en Clinton una representación de la elite multimillonaria que vive de espaldas a los más humildes.

La presidencia de Joe Biden quiso recuperar una agenda redistributiva y, a la vez, tener satisfechos a los votantes adinerados de ideas más liberales. Impulsó varios programas de ayuda social o medidas para facilitar la cancelación de la deuda universitaria de estudiantes, pero siguió manteniendo arrinconados a los sectores del Partido Demócrata que plantean cambios más profundos para combatir la desigualdad, la debilidad de muchos servicios públicos y la desprotección social.

En la campaña electoral de 2024 la candidata Kamala Harris apoyó por completo el legado de Joe Biden y no quiso marcar distancia de sus políticas ante Israel, en pleno genocidio en curso. Llegó a decir que los logros de Biden «no tienen comparación en la historia moderna de EEUU». En el Congreso Nacional del Partido Demócrata, celebrado en agosto de 2024, las únicas voces vetadas fueron las palestinas y las del Movimiento por el Voto No Comprometido, un grupo dentro de la formación política que exigía a Harris un alto el fuego inmediato en Gaza y un embargo de armas a Israel.

El apoyo de Washington a las masacres contra la población palestina forma parte de las dinámicas habituales de impunidad en la política estadounidense. Los bombardeos contra civiles en Irak, Afganistán, Yemen o Pakistán por parte del Ejército de EEUU también fueron defendidos como acciones necesarias a través de un distanciamiento moral normalizado. A fuerza de presentar algo como lógico e inocuo, se difumina la gravedad y la criminalidad de los hechos.

Dentro de esas dinámicas, y en un contexto de escasez de recursos a nivel global, Washington echa mano de su fuerza militar, como primera potencia armamentística, para imponer sus intereses en diferentes partes del mundo. En su competición contra China, a través de una guerra comercial y política, EEUU arrastra a sus aliados a un pulso con el gigante asiático. Para ello hace uso del músculo militar, del lenguaje de la fuerza como elemento clave en sus relaciones internacionales. Joe Biden aumentó el despliegue militar estadounidense en Europa, la OTAN designó nuevas «amenazas» y «desafíos» y Trump exigió más gasto a los Ejércitos europeos de la Alianza.

El belicismo, los muros más altos, la concepción de la migración como «amenaza híbrida» –para la que también se pide más gasto armamentístico– y la militarización de las mentes marcan esta época. El respaldo a Israel en su genocidio en Gaza está ampliando los espacios para la impunidad global. El desprecio de EEUU y de varios países europeos a las órdenes emitidas por los tribunales de La Haya aplica un doble rasero que desdeña la universalidad de las normas, debilita el derecho internacional y traza un nuevo (des)orden mundial. El imperio estadounidense trabaja por mantener su hegemonía en el mundo. En este contexto es en el que el trumpismo ha crecido hasta lograr regresar a la Casa Blanca, con un presidente que promete «hacer grande a América de nuevo».

Todo ello relatado y documentado por Roberto Montoya en este libro, con meticulosidad, análisis, información, datos clave y capacidad crítica. Disfruten de la lectura y piensen con ella, a través de estas valiosas páginas.

Olga Rodríguez Francisco, periodista y escritora.

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